El papel de la propiedad en el acceso a la tierra. La Xarxa pel Relleu Agrari de Catalunya (Red Para el Relevo Agrario de Catalunya) publica su segundo artículo de divulgación por Dirk Madriles de Terra Franca

Terra Franca es una asociación no lucrativa nacida en 2013 y formada por un grupo de personas de diferentes territorios y trayectorias, que promueven el uso responsable del suelo, accediendo a la titularidad de fincas rústicas mediante el arrendamiento o adquisición, y apoyando a las personas agricultoras que buscan fincas para iniciar su proyecto agrícola o ganadero. Además, condicionan el desarrollo de la actividad agraria a la adopción de criterios agroecológicos, y trabajan en red con otras entidades, organizaciones y personas a fin de establecer sinergias en las diferentes acciones que lleva a cabo la asociación.

Cuando se habla del acceso a la tierra en Cataluña, a menudo prestamos atención sólo a la falta de continuidad al frente de las explotaciones agropecuarias envejecidas, y de los nuevos agentes que podrían tomar el relevo, como si se tratara de una ecuación lineal de oferta y demanda. Sin embargo, el entorno que rodea esta problemática es más complejo y tiene que ver también con los bajos precios percibidos por el sector, la falta de recursos económicos propios, el acaparamiento de ayudas ligadas a la tierra, la competencia desleal de inversores externos al sector, la invisibilización de los oficios del campo y el modelo de tenencia de la tierra.

 

La instalación de personas emprendedoras y jóvenes en el campo, tanto si proceden de familia con tradición agraria como si no, hace años que se favorece con planes de ayudas específicos, dotados de presupuestos importantes a cambio de los compromisos de mantener la actividad propuesta durante 5 años y alcanzar una mínima rentabilidad empresarial; compromisos, todo sea dicho, que la precariedad endémica del sector a menudo no permite asumir por adelantado.

 

Y por otra parte están las granjas y empresas familiares sin relevo, que han acumulado un ingente capital en forma de maquinaria, animales, instalaciones, cubiertos, licencias y, sobre todo, un capital intangible como es el valor del conocimiento sobre el oficio, la finca, la historia, la tierra, el cultivo, el clima de aquel pueblo, el bienestar animal y la producción de alimentos, entre otros muchos. Estas familias se ven desamparadas, abocadas a descapitalizarse y a renunciar a su legado de vida, por nada y sin más.

 

Así, es habitual encontrar pueblos en los que se cierra una granja y al lado se abre otra, sin traspaso de medios, sin traspaso de la experiencia necesaria, sin traspaso de tierras, con lo que esto supone de discontinuidad y riesgo para a un modelo de agricultura sostenible, que necesita de una progresión exponencial para hacerse sitio en un mundo en emergencia climática.

 

Y es que, como ocurre en muchos lugares de Cataluña, tanto una como otra, no son propietarias de la tierra que quieren cultivar, ni las respectivas fincas tampoco pertenecen a la misma persona, por eso su principal negociación y esfuerzo radica en mantener o conseguir el arrendamiento de la finca al precio y plazos más razonables posible, compitiendo con otros campesinos y con inversores externos al sector, dejando las cuestiones del relevo, o del traspaso de conocimientos y medios, fuera de la ecuación.

 

Es en este escenario que la figura de la propiedad puede jugar un papel importante en el acceso a la tierra, entendido como nexo de unión entre los quienes quieren plegar y quienes quieren empezar, los tres sumando a la vez en el proceso.

 

Desde este punto de vista, en los últimos años han ido apareciendo personas propietarias que, sin ser agricultoras desde hace algunas generaciones, sí están interesadas en conocer quién trabaja la tierra en su casa, cómo lo hace y con qué objetivo, porque, o bien tienen una vinculación con la finca, o bien son conscientes de las implicaciones medioambientales de toda actividad agropecuaria y quieren incidir en el modelo de agricultura, más allá de precios y plazos. Pero demasiado a menudo se encuentran con que la familia campesina abandona la actividad agraria y no saben muy bien por qué, ni qué pasos seguir, ni en quién confiar.

 

Debemos integrar en la ecuación del relevo y el acceso a la tierra la parte propietaria, aquella que es proactiva y quiere tomar parte en la solución. Es necesario escucharla y conocer sus inquietudes y expectativas, a fin de poder establecer relaciones firmes con quienes cultivan, y también habitan, sus propiedades, hasta este momento, o en un futuro.

 

En este marco, la asociación Terra Franca tiene un papel muy relevante, ya que su objetivo principal es el de actuar de nexo entre propietarios que tienen este perfil y personas emprendedoras que buscan una finca para desarrollar su proyecto productivo, buscando de construir relaciones perdurables en el tiempo y equitativas para ambas partes, mediante el acompañamiento, el asesoramiento y la mediación. Sería deseable, que esta actuación fuese acompañada de la adopción de medidas por parte de la Administración que incentivaran una implicación activa de los propietarios en el acceso a la tierra o el relevo agrario, como podrían ser exenciones de impuestos o desgravaciones fiscales para aquellos casos en los que se garantice una transición y un itinerario efectivos de relevo en esa finca, y por una agricultura de calidad.

 

En conclusión, sigue siendo imprescindible favorecer la incorporación de jóvenes al campo con visión responsable y de futuro, mediante planes de ayudas adecuados a las necesidades actuales, pero también es necesario ofrecer una salida a las familias con tradición agrària que dejan la activad por voluntad o necesidad, de manera que vean compensado, en parte, el trabajo de toda una vida de constante dedicación. Y es aquí donde hay que buscar la complicidad de la parte propietaria, para que deje de ser el eslabón invisible, pero indispensable, en el relevo agrario y se convierta en parte de la función rural.